Tuesday, February 19, 2013

Cabinas y Glory holes




 Sábado por la tarde. Eje Central Lázaro Cárdenas, Ciudad de México. Hay nubarrones en el cielo y un río de gente por la acera. Algunos hombres entran a ciertos edificios, como si fueran a guarecerse de la inminente lluvia, pero basta mirar con atención las ventanas de estos edificios para distinguir, en letras de neón, las palabras mágicas: Cabinas.
Lo primero que se observa al entrar es un letrero con las siguientes reglas: mayores de 18 años, sin mochilas ni alimentos, estrictamente prohibido fumar. Sin embargo el requisito principal e indispensable es entrar a solas. Si se cumplen los requisitos, el interesado elegirá entonces una película entre cientos que reposan sobre exhibidores. Una vez elegida la película, el interesado tomará la caja, se presentará con ella frente al mostrador, la entregará al dependiente y elegirá el tipo de servicio que desea: treinta minutos, una hora; o ese que incluye película completa, refresco en lata y un bono por treinta minutos gratis para hacer válidos en su próxima visita.
La cabina es una pequeña habitación de un metro por un metro, con una silla de plástico y un monitor de televisión empotrado en la pared del centro; junto a la pantalla del monitor hay dos botones que corresponden al avance y al retroceso automático, único poder que tendrá el espectador sobre la película. No se necesita más. En una de las esquinas hay un bote de plástico para basura y un rollo de papel higiénico. El monitor en la pared del centro se enciende. Una mujer rubia, desnuda, sostiene sus pechos y los ofrece ante la cámara. Inicia la función.

El dependiente de la sex shop intenta convencerme de su responsabilidad social: “No queremos que la gente nos vea como lugares de alto riesgo para el contagio de enfermedades”, me dice. “Por eso no tenemos hoyos y sólo admitimos gente sola”. Lo cierto es que hay otros lugares, como la Zona rosa, donde hay sex shops famosas por sus “hoyos”, es decir sus glory holes, así como por sus cabinas VIP, que son el equivalente a una mini habitación de hotel y donde es posible entrar acompañado sin mayores problemas. También están las del rumbo de Garibaldi, famosas por su cercanía con bares de sórdida reputación. En ambas zonas, y sin ningún disimulo, se ejerce el intercambio sexual y la prostitución masculina. De hecho, para muchos integrantes de las comunidades LGBT, las cabinas, más que un riesgo, son punto de encuentro, un espacio de libertad para quienes gustan del cruising, y opinan que los propietarios de las tiendas deberían incluir condones en el precio de entrada.

“Hay unos que ya se vieron casi todas”, me dice el dependiente de la sex shop a la que he entrado, en Eje Central Lázaro Cárdenas, señalando con un guiño cómplice hacia los clientes y las películas de los estantes. Entre los clientes, todos de sexo masculino, el margen de edad que observo es amplio; diría que entre los 20 y los 60 años. Van vestidos de diferentes maneras: de mezclilla y camiseta, de saco y corbata. Difícil determinar una preferencia sexual por su apariencia exterior. Se trata de gente como con la que tratas todos los días, en la oficina y el transporte público, en el gimnasio y el bar. En cualquier parte. Gente que busca un rápido y anónimo desahogo sexual. No hay necesidad de preguntar si el negocio es rentable; en una ciudad como ésta nunca habrá escasez de gente sola.

Wednesday, February 13, 2013

Gang bang Ciudad de México II

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Gangbang, please?

4.- El edificio se encuentra justo en la esquina de Lucerna y Bucareli. El portón es de madera gruesa, flanqueado por una accesoría donde venden refacciones para auto. Tras dar la contraseña y subir los dos primeros pisos llego a un departamento donde me abre una mujer vestida sólo con un conjunto de encaje rojo. Guapa a pesar del sobrepeso. Me invita a pasar y me pide que me siente en un sofá doble. Le entrego los trescientos pesos de mi aduana y recibo a cambio una bolsa negra en la cual debo guardar mi ropa y el resto de mis pertenencias. A la bolsa, una vez cerrada, le pegan una etiqueta con un número. Mi contraseña. Sólo puedo pasar hasta que me he quedado nomás con los zapatos y los calzones puestos. La cortina negra que divide aquella improvisada recepción del resto de la casa se corre para mí: puedo ver a un grupo de veinte o veinticinco personas. Todas, al igual que yo, en ropa interior. Las que se encuentran sentadas, la mayoría parejas y mujeres solas, platican entre sí. En el centro de la sala, con el volumen apagado, un televisor proyecta una película pornográfica de temática bisexual. Hay también una pequeña grabadora con reproductor de CD, tocando una selección de canciones de Olvido García. Los que están de pie son hombres solos, representan el setenta por ciento de los asistentes y sólo uno o dos aparentan tener menos de treinta años. Evitan el contacto visual con los otros hombres y se refugian tras un vaso de vodka, tequila o ron, las bebidas que hay disponibles en un mueble junto a la cocina y de las que puedes servirte a discreción.
Son las diez cincuenta y cuatro de la noche. Los juegos, según el programa, inician a las once de la noche. A esa hora se cierra la puerta y se deja de recibir gente. No importa, para esa hora ya hay poco más de cincuenta personas en la casa. Un cálculo inexacto me permite suponer que esas cincuenta personas representan un ingreso de entre diez y quince mil pesos por noche. Entonces aparece Rodrigo, nuestro anfitrión, y, en una parodia involuntaria de El club de la pelea, nos da la bienvenida y nos repite las reglas, aunque la más importante de ellas no es precisamente la discreción (la primera regla del club de la pelea es que no se habla del club de la pelea). La primera, y la más importante de las reglas de Orbi es: respetar el no de los demás.

5.- Según la leyenda, a las fiestas de Rodrigo acuden algunas celebridades menores, como cierta actriz de la televisora del Ajusco. Al menos eso es lo que se lee en las reseñas que Rodrigo publica en su grupo de discusión en Internet. Aunque en ellas nunca dice si la celebridad participa activamente del gang bang, o si sólo acude en plan vouyer. Si quieres saber de quién se trata, y lo que hace, dice Rodrigo en las reseñas, tendrás que asistir a una fiesta. También, de cuando en cuando, acuden algunas de las celebridades del “ambiente” de la ciudad de México. Travestis; bailarines; físico culturistas y scorts. Hay una pareja preciosa, me cuenta Rodrigo, parecen Ken y Barbie. Nomás cojen entre ellos, pero les gusta que los vean. Cuando vienen es todo un éxito.
Esta noche no hay visitas especiales. Allá están los veteranos, el núcleo duro de las reuniones: tres parejas y tres mujeres solas, todos mayores de cuarenta. En aquella otra esquina están los travestis, casi todos, lo confiesan, de closet. Acuden a las fiestas para salir al balcón cuando menos unas horas a la semana. Curiosamente todos visten conjuntos de ropa interior negra.
Dentro del grupo de hombres solos destacan los militares, su corte de cabello y su manera de moverse, envarada y sigilosa, los delata. Junto a ellos está otro grupo de hombres, uno que parece saber muy bien a lo que va. Son los asiduos, y al igual que los militares no discriminan mujer o travesti. Siguen los turistas y los exploradores, aunque son pocos y un aura indefinible los delata. Los turistas resaltan como mosca en una taza de leche, suelen estar fuera de sitio en cualquier lugar. Los exploradores –entre quienes me cuento- nos mimetizamos y hacemos lo posible por pasar desapercibidos. Cosa que en realidad no resulta tan dificil, por extraño que parezca. No faltan los borrachos, por supuesto, o los que en determinado momento le piden a Rodrigo que les devuelva su dinero porque “no hay viejas para cojer”. Cosa que no es del todo cierta, suele haber un promedio de entre seis y doce mujeres por reunión. Aunque suelen estar ocupadas con los más jóvenes, algunas de ellas “demasiado” ocupadas. Rodrigo les dice a los borrachines que no están en un putero, y enérgico los invita a retirarse.


6.- La güera tiene cuarenta y ocho años, o al menos eso es lo que me dice. No hay que olvidar que todos los que llegan aquí lo hacen bajo una identidad secreta, no son las mismas personas que suelen ser durante el día. De hecho, tienen otros nombres y otras historias. Yo mismo, cuando la güera me pregunta cómo me llamo le digo que Jaime. Por cierto, vale la pena describir a la güera: Es bajita, delgada, de piel bronceada y con el pelo teñido de rubio cenizo, peinado como Bonnie Tyler en Total eclipse of the heart. Viste un conjunto de encaje negro adornado con pequeñas calaveritas blancas colocadas estratégicamente a la altura de los pezones y el pubis. Me cuenta que es originaria de Puerto Vallarta, donde tiene su agencia de viajes y su Harley, pero que de momento está de vacaciones en la ciudad de México. Me pregunta en qué trabajo y si estoy casado o tengo novia. Me pregunta si ya he asistido antes a un club de sexo: ¿ni si quiera has ido a uno swingers? Ante mi ignorancia decide contarme su experiencia en clubes swinger y la diferencia de estos con Orbi:
–Yo no sabía de qué se trataba este club, pensé que era swinger la primera vez que vine. Porque a mí me gustan los tríos. ¿Pero sabes de qué se trata? Vienen a buscar hombres. Fíjate allá –me dice señalando con un gesto de cabeza a la esposa de un hombrecito silencioso y calvo-, se está poniendo de acuerdo con el chavo. Le pregunta si se la quiere cojer y cuando el chavo le dice que sí, ella le dice que con una condición, que se debe cojer al esposo también.
Según me dice la güera, y a diferencia de lo que cuenta Rodrigo, hay noches en que sólo llegan diez o quince personas. En contraste, hoy es una buena noche. A veces para atraer gente, continúa la güera, Rodrigo contrata a alguna prostituta joven para que venga de incógnito. Luego en las reseñas escribe que llegó a la fiesta una chica joven y sola que hizo esto y aquello con fulano y sultano. El resultado, por lo general, es que a la siguiente fiesta llegan muchos “nuevos”, ilusionados con la joven ninfómana desconocida.
Es la una de la mañana y yo tengo que retirarme. A esas alturas la historia que le he contado a la güera acerca de mí se ha ampliado bastante. Le he dicho que soy contador público, casado, y que mi esposa y yo queremos experimentar en este tipo de clubes, pero que como nunca lo hemos hecho y nos da miedo llegar así sin saber nada, decidimos que primero debía ir yo solo y valorar distintos clubes hasta encontrar el que fuera más de acuerdo con nuestra personalidad y gustos. La güera festeja nuestra decisión y me dice que mientras nos decidimos podríamos ir, mi esposa y yo, a tomar una copa con ella, en su departamento. A ver que pasa, añade. Anota su teléfono en una servilleta y antes de que me vaya me pide que la llame para ponernos de acuerdo. Busco a Rodrigo, le doy mi contraseña y recibo a cambio la bolsa negra con mi ropa dentro. Me visto en la misma sala donde me recibieron y regreso a las calles de la ciudad. Antes de subir a mi coche observo una vez más el edificio del que he salido. Quién lo dijera: parece dormir.


 *Esta crónica apareció originalmente en la columna Parásitos del paraíso, que se publicó entre 2011y 2012 en el suplemento cultural Guardagujas, de La Jornada Aguascalientes. Sin embargo los hechos narrados ocurrieron durante 2008.

Tuesday, February 12, 2013

Gang bang Ciudad de México I


1.- Gang bang es un término compuesto por dos palabras en inglés. Gang, que literalmente significa pandilla, y bang, onomatopeya que puede traducirse como estruendo, explosión, o golpe. En el mundo de la pornografía el término se utiliza para identificar aquellas películas en que una persona mantiene relaciones con más de tres individuos. No hay que confundir con orgía, termino que implica un grupo de personas en una situación en la que es posible el intercambio sexual entre todos. El Gang bang es un ejercicio de avidez, de resistencia, de sometimiento, y algunas veces de humillación. En nuestro país dicha práctica podría traducirse, de manera poco literal aunque con toda justicia, como “Echar montón”, a diferencia del “Todos contra todos” que implica la orgía. Y contrario a la creencia de que esas cosas no suceden en nuestra casa, déjeme decirle, estimado lector, que en “el ambiente” de la ciudad de México ambas prácticas son más que una moda.

2.- Lo primero que llama la atención de estas fiestas, a diferencia de los clubes swinger (heterosexuales y gays) que sólo permiten el acceso a personas de su preferencia sexual, es su democracia.
Somos un grupo de personas bisexuales disfrutando libremente de su sexualidad. Gays, Transgeneros, y Heteroflexibles ¡bienvenidos!
Así dice el mensaje de bienvenida en la página de Internet de Orbi, grupo pionero en la organización de fiestas gang bang en la Ciudad de México. Lo siguiente a tomar en cuenta es su accesibilidad. A diferencia de los ya mencionados clubes privados cuyas membresías se reparten a cuentagotas, para poder asistir a las reuniones de Orbi sólo es necesario darse de alta en su foro de Internet. Allí se puede tener acceso al directorio de usuarios, a los álbumes de fotos y sobre todo al calendario de fiestas. Si se está interesado en acudir a alguna se debe llamar a un teléfono móvil donde el fundador y anfitrión de Orbi, Rodrigo, dará santo y seña.
La dinámica de las fiestas según se lee en las reseñas que Rodrigo escribe cada semana en el foro, es la que sigue: recepción de asistentes de siete a once de la noche, hora en que se cierra la puerta y dan inicio los juegos, que van desde lanzamiento de dados hasta competencias de penes o nalgas. Después, cuando las inhibiciones se han relajado lo suficiente, en uno de los cuartos inicia el gang bang. Suele ser una, o dos, en ocasiones tres, las anfitrionas dispuestas a recibir a cuantos quieran y puedan. Los interesados se congregan alrededor de la cama que ocupa la anfitriona y mientras observan esperan su turno. No es todo, hay otras habitaciones, en cada una está sucediendo algo. 

3.- De acuerdo a las instrucciones en la página de Internet de Orbi, me di de alta como usuario en su foro. Un par de días más tarde recibí la autorización a mi solicitud. Las autorizaciones las realiza el propio Rodrigo, quien me explica que por regla general sólo rechaza aquellas de “gentes que de plano se leen muy enfermas”. Aprovechando mi estatus de nuevo socio lo primero que hice fue revisar el calendario de fiestas. La más cercana sería ese mismo viernes y para mi suerte sería una noche de “fantasías”. “Gang bang, Bukkake, Dobles y triples penetraciones. Gran noche de fantasías. ¡Ven a cumplir la tuya!” Llegado el viernes, alrededor de medio día, marqué el número que aparecía en la convocatoria. Me respondió la voz de un hombre joven. Le dije que estaba interesado en asistir a la reunión de esa noche. Sin dudarlo, la voz me dio un domicilio y una contraseña.
-Cuando toques el interfón –me dijo- te van a preguntar a quién buscas. Diles que vas al ensayo de la obra de teatro.
          Ese mismo día, ya de noche, me estacioné frente al edificio donde se realizan las reuniones de Orbi y observé a mi alrededor: las calles lucían tranquilas, solitarias incluso para una noche de viernes. Un taxi se detuvo junto a mí y una pareja salió de sus puertas. Por la edad y el físico bien podrían haber sido mis vecinos de departamento: un contador público y una ama de casa, ambos en sus cincuenta, con dos hijos adolescentes y otro más en la primaria. Les observé tocar el timbre del mismo departamento que yo había ido a visitar. “Venimos al ensayo de la obra de teatro”, les escuché decir ante el interfón. La puerta del edificio se abrió para ellos.


*Esta crónica apareció originalmente en la columna Parásitos del paraíso, que se publicó entre 2011y 2012 en el suplemento cultural Guardagujas, de La Jornada Aguascalientes. Sin embargo los hechos narrados ocurrieron durante 2008.

Monday, February 11, 2013

La filmoteca de Babel



Los aficionados al cine de género somos una especie de yonkis. Sabemos que muy pocas veces encontraremos alivio para nuestras urgencias en las carteleras, aunque siempre opinamos que más vale estar atentos. Lo mismo acechamos los programas de cineclubes y festivales, desde la Muestra Internacional hasta el Mórbido, o el Macabro, e incluso en los maratones nocturnos de Jorge Grajales. Pero seamos sinceros: aunque somos público agradecido, nuestras expectativas se cumplen muy pocas veces.
Hubo una época en que los cineclubes universitarios eran la mejor opción. Pero las cosas han cambiado, ni el cine club de ciencias de la UNAM, el cinematógrafo del Chopo, o “El Queso”, en Zacatenco, son hoy siquiera una pálida sombra de lo que fueron alguna vez. Se acabaron los días en que íbamos a cualquier parte donde proyectasen Blade Runner (Ridley Scott 1982) o Brazil (Terry Gilliam 1985).
Eran los días del VHS, y si bien en algunos videoclubes podías encontrar lo mismo Bad taste (Peter Jackson 1987) que The toxic avenger (Michael Herz y Lloyd Kaufman 1984), y de esa manera cubrir las grietas que dejaban los cineclubes y las carteleras comerciales, lo cierto es que los yonkis siempre terminábamos en el mercado negro. Teníamos dílers, en el Chopo o en Tepito, a los que acudíamos en busca de nuestra dosis. Si alguien nos miraba mal y nos acusaba de piratería, nosotros respondíamos orgullosos: difusión cultural.
Entonces vino la comercialización masiva del devedé, y sobretodo el libre acceso a Internet. Así fue como se acabaron los sufrimientos de los yonquis. Si las carteleras de los multicinemas y los cineclubes ya no nos satisfacen, los estrenos en devedé siempre nos sacarán de apuros. Nada nos impide comprar, por ejemplo, ese box set de tres discos de Tokyo Gore Police (Yosihiro Nishimura 2008), o cualquiera del catálogo de Jörg Buttgereit. Incluso podemos pagar por descargarlas en archivo digital, ya sea de alguna tienda online o de la página personal del director.
Los piratas de hoy en día, salvo contadas excepciones, son meros mercaderes que lo mismo da vendan tenis hechizos o elotes preparados. Ni qué decir de los vendedores de “cine de culto” que ahora pululan en los tianguis, y que sin descaro se piratean a los bucaneros originales del Chopo, o que, peor aún, se bajan las películas de Internet. Afortunadamente para nosotros los yonquis, ese tipo de piratas son prescindibles.
La tecnología modificó la conducta del mercado y la industria; las relaciones entre el creador, los medios y el público consumidor rebasaron los viejos esquemas. Vimos caer en decadencia la cultura del cine club, contemplamos la multiplicación de la piratería y el abuso de la palabra “de culto”, pero al mismo tiempo tuvimos a nuestro alcance las tiendas online y todo tipo de formas de compartir y descargar “material”, así fuera ilegalmente. Dimos con una puerta directa a la filmoteca de Babel, una cuya inscripción sobre el marco dice, en letras grabadas en oro: Sé tu propio cine club.
Algunos amigos se quejan nostálgicos: eran mejores los viejos tiempos de los cineclubes, y del VHS, cuando te podías sentir un iniciado por haber asistido a la proyección de Eraserhead (David Lynch 1977) o por tener en tus manos una copia de Basket case (Frank Henenlotter 1982). Otros me presumen sus discos duros, con muchas más películas, documentales y series de los que podrán ver en toda su vida. Bienvenidos a la era del exceso de información como ruido de fondo.
Yo, como buen yonki, lo quiero todo y espero con ansias que lleguen los días en que los derechos de autor no sean la tumba de la obra, ni del autor; espero que vuelvan los cineclubes rentables que proyecten tanto Robogeisha (Noboru Iguchi 2009) como Autopsia de un fantasma (Ismael Rodríguez 1968). Estoy seguro de que se puede, y de que no pido mucho.

Friday, August 31, 2012

Semana de Letras de la Ibero

El 12 de septiembre, dentro de la Semana de Letras de la Universidad Iberoamericana, daré una plática sobre "subgéneros literarios" en México (Ciencia ficción, Policíaco, Terror)
 
abajo el programa completo