Sábado por la tarde. Eje Central Lázaro Cárdenas, Ciudad de México. Hay nubarrones en el cielo y un río de gente por la acera. Algunos hombres entran a ciertos edificios, como si fueran a guarecerse de la inminente lluvia, pero basta mirar con atención las ventanas de estos edificios para distinguir, en letras de neón, las palabras mágicas: Cabinas.
Lo primero que se observa al entrar es un letrero con
las siguientes reglas: mayores de 18 años, sin mochilas ni alimentos,
estrictamente prohibido fumar. Sin embargo el requisito principal e
indispensable es entrar a solas. Si se cumplen los requisitos, el interesado
elegirá entonces una película entre cientos que reposan sobre exhibidores. Una
vez elegida la película, el interesado tomará la caja, se presentará con ella
frente al mostrador, la entregará al dependiente y elegirá el tipo de servicio
que desea: treinta minutos, una hora; o ese que incluye película completa,
refresco en lata y un bono por treinta minutos gratis para hacer válidos en su
próxima visita.
La cabina es una pequeña habitación de un metro por un
metro, con una silla de plástico y un monitor de televisión empotrado en la
pared del centro; junto a la pantalla del monitor hay dos botones que
corresponden al avance y al retroceso automático, único poder que tendrá el
espectador sobre la película. No se necesita más. En una de las esquinas hay un
bote de plástico para basura y un rollo de papel higiénico. El monitor en la
pared del centro se enciende. Una mujer rubia, desnuda, sostiene sus pechos y
los ofrece ante la cámara. Inicia la función.
El dependiente de la sex shop intenta convencerme de su
responsabilidad social: “No queremos que la gente nos vea como lugares de alto
riesgo para el contagio de enfermedades”, me dice. “Por eso no tenemos hoyos y sólo
admitimos gente sola”. Lo cierto es que hay otros lugares, como la Zona rosa,
donde hay sex shops famosas por sus “hoyos”, es decir sus glory holes, así como por sus cabinas VIP, que son el equivalente a
una mini habitación de hotel y donde es posible entrar acompañado sin mayores
problemas. También están las del rumbo de Garibaldi, famosas por su cercanía
con bares de sórdida reputación. En ambas zonas, y sin ningún disimulo, se
ejerce el intercambio sexual y la prostitución masculina. De hecho, para muchos
integrantes de las comunidades LGBT, las cabinas, más que un riesgo, son punto
de encuentro, un espacio de libertad para quienes gustan del cruising, y opinan que los propietarios
de las tiendas deberían incluir condones en el precio de entrada.
“Hay unos que ya se vieron casi todas”, me dice el dependiente de
la sex shop a la que he entrado, en Eje Central Lázaro Cárdenas, señalando con
un guiño cómplice hacia los clientes y las películas de los estantes. Entre los
clientes, todos de sexo masculino, el margen de edad que observo es amplio;
diría que entre los 20 y los 60 años. Van vestidos de diferentes maneras: de
mezclilla y camiseta, de saco y corbata. Difícil determinar una preferencia
sexual por su apariencia exterior. Se trata de gente como con la que tratas
todos los días, en la oficina y el transporte público, en el gimnasio y el bar.
En cualquier parte. Gente que busca un rápido y anónimo desahogo sexual. No hay
necesidad de preguntar si el negocio es rentable; en una ciudad como ésta nunca
habrá escasez de gente sola.

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