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Monday, February 11, 2013

La filmoteca de Babel



Los aficionados al cine de género somos una especie de yonkis. Sabemos que muy pocas veces encontraremos alivio para nuestras urgencias en las carteleras, aunque siempre opinamos que más vale estar atentos. Lo mismo acechamos los programas de cineclubes y festivales, desde la Muestra Internacional hasta el Mórbido, o el Macabro, e incluso en los maratones nocturnos de Jorge Grajales. Pero seamos sinceros: aunque somos público agradecido, nuestras expectativas se cumplen muy pocas veces.
Hubo una época en que los cineclubes universitarios eran la mejor opción. Pero las cosas han cambiado, ni el cine club de ciencias de la UNAM, el cinematógrafo del Chopo, o “El Queso”, en Zacatenco, son hoy siquiera una pálida sombra de lo que fueron alguna vez. Se acabaron los días en que íbamos a cualquier parte donde proyectasen Blade Runner (Ridley Scott 1982) o Brazil (Terry Gilliam 1985).
Eran los días del VHS, y si bien en algunos videoclubes podías encontrar lo mismo Bad taste (Peter Jackson 1987) que The toxic avenger (Michael Herz y Lloyd Kaufman 1984), y de esa manera cubrir las grietas que dejaban los cineclubes y las carteleras comerciales, lo cierto es que los yonkis siempre terminábamos en el mercado negro. Teníamos dílers, en el Chopo o en Tepito, a los que acudíamos en busca de nuestra dosis. Si alguien nos miraba mal y nos acusaba de piratería, nosotros respondíamos orgullosos: difusión cultural.
Entonces vino la comercialización masiva del devedé, y sobretodo el libre acceso a Internet. Así fue como se acabaron los sufrimientos de los yonquis. Si las carteleras de los multicinemas y los cineclubes ya no nos satisfacen, los estrenos en devedé siempre nos sacarán de apuros. Nada nos impide comprar, por ejemplo, ese box set de tres discos de Tokyo Gore Police (Yosihiro Nishimura 2008), o cualquiera del catálogo de Jörg Buttgereit. Incluso podemos pagar por descargarlas en archivo digital, ya sea de alguna tienda online o de la página personal del director.
Los piratas de hoy en día, salvo contadas excepciones, son meros mercaderes que lo mismo da vendan tenis hechizos o elotes preparados. Ni qué decir de los vendedores de “cine de culto” que ahora pululan en los tianguis, y que sin descaro se piratean a los bucaneros originales del Chopo, o que, peor aún, se bajan las películas de Internet. Afortunadamente para nosotros los yonquis, ese tipo de piratas son prescindibles.
La tecnología modificó la conducta del mercado y la industria; las relaciones entre el creador, los medios y el público consumidor rebasaron los viejos esquemas. Vimos caer en decadencia la cultura del cine club, contemplamos la multiplicación de la piratería y el abuso de la palabra “de culto”, pero al mismo tiempo tuvimos a nuestro alcance las tiendas online y todo tipo de formas de compartir y descargar “material”, así fuera ilegalmente. Dimos con una puerta directa a la filmoteca de Babel, una cuya inscripción sobre el marco dice, en letras grabadas en oro: Sé tu propio cine club.
Algunos amigos se quejan nostálgicos: eran mejores los viejos tiempos de los cineclubes, y del VHS, cuando te podías sentir un iniciado por haber asistido a la proyección de Eraserhead (David Lynch 1977) o por tener en tus manos una copia de Basket case (Frank Henenlotter 1982). Otros me presumen sus discos duros, con muchas más películas, documentales y series de los que podrán ver en toda su vida. Bienvenidos a la era del exceso de información como ruido de fondo.
Yo, como buen yonki, lo quiero todo y espero con ansias que lleguen los días en que los derechos de autor no sean la tumba de la obra, ni del autor; espero que vuelvan los cineclubes rentables que proyecten tanto Robogeisha (Noboru Iguchi 2009) como Autopsia de un fantasma (Ismael Rodríguez 1968). Estoy seguro de que se puede, y de que no pido mucho.