Los cartógrafos de la antigüedad tenían
una curiosa costumbre para indicar en sus mapas aquellas zonas
inexploradas o de acceso prohibido: dibujaban monstruos. Entre ellos,
los monstruos marinos destacan por su variedad y exotismo. Una legión de
peces y crustáceos enormes pueblan aquellas aguas ignotas, pero si hay
una criatura cuya presencia destaque no es otra que el dragón. De hecho,
la frase en latín que se utilizaba para acompañar los dibujos en los
mapas era: Hic svnt dracones. “Aquí hay dragones”.
Dicha frase ha sido motivo de algunas
controversias relacionadas con su antigüedad y uso (hay quien opina que
la frase original es Hic svnt leones, “Aquí hay leones”,
utilizada por los cartógrafos del imperio romano). Sin embargo la
polémica que más ha perdurado es la de su veracidad literal. Es decir:
¿existieron los dragones? Un vistazo a la historia antigua podría
hacernos creer que sí. Ahí están, presentes en diversos pueblos que poco
o ningún contacto tuvieron entre ellos: Tiamat y Quetzalcoatl;
los benévolos dragones chinos y los malvados dragones de la mitología
germana, e incluso el dragón rojo de siete cabezas del que habla el
libro del Apocalipsis y que no es otro que el mismísimo diablo. Los
estudiosos explican que la creencia en dragones se basa en hallazgos de
restos de reptiles mayores, cocodrilos gigantes e incluso dinosaurios;
pero sobre todo que el dragón es un símbolo y que su presencia en un
mapa no es otra cosa que una alusión a lo desconocido.
En su ensayo de 1974, “¿Por qué los americanos tienen miedo de los dragones? (Why americans are afraid of dragons?)”, Ursula K. LeGuin hace una interesante comparación entre los dragones y las obras producto de la imaginación (works of the imagination),
y en particular de la literatura fantástica. Resulta interesante
detenerse en un detalle: para LeGuin toda literatura es una obra de la
imaginación, por ejemplo novelas tan dispares como “La guerra y la paz” o
“La máquina del tiempo” pertenecen a un mismo plano, aunque sus
temáticas sean distintas. Aún más interesantes resultan las razones que
ofrece para explicar el rechazo de los americanos a las obras de
imaginación, y en particular a las de fantasía. Este rechazo, dice, no
es una característica exclusiva de los americanos y podemos encontrarlo
en lugares como Francia, de hecho: si no fuera por Alemania e
Inglaterra, países con una rica tradición fantástica, se podría creer
que se trata de algo propio de países tecnológicamente avanzados, y que
la cercanía con la literatura fantástica es consecuencia de una visión
del mundo basada en el pensamiento mágico. Pero si algo refleja este
rechazo a las obras de la imaginación, explica LeGuin, es una mentalidad
puritana y machista en la que todo lo que se realiza por placer y no
reporta intereses inmediatos, es más que inútil: pecaminoso. Que un
maestro lea, excelente. Es su trabajo, su obligación, le pagan para
ello, pero que lo haga un ingeniero…
Cuando lee, si lo hace, el puritano se limita a los libros económicamente exitosos. Los best sellers. En el mundo del puritano el éxito económico es algo a lo que hay que rendir culto, y al leer un best seller,
en un acto de auténtico pensamiento mágico, el puritano cree participar
de dicho éxito. Cuando escribe, si lo hace, el puritano olvida estar
construyendo una obra de imaginación y cree que su visión del mundo y la
condición humana es la mejor interpretación posible de la realidad. El
puritano se considera un “realista”.
En cuanto a la fantasía, nos dice
Ursula, ésta no tiene nada de infantil, aunque los niños sean los más
habituados a ella. Lo fantástico puede no ser factual, pero es
verdadero, influye en el mundo, crea y destruye. Y esto lo saben muy
bien los niños, y los adultos, no en balde tantos de ellos tienen miedo a
que la fantasía, esa región oscura e incontrolable de su propia
imaginación, pueda invadir su mundo civilizado. Por eso si para el
puritano imaginar es malo, fantasear es peor.
Los americanos sobre los que escribe Ursula K. LeGuin en su ensayo,
estadounidenses de la primera mitad de los años 70’s, han cambiado. El
mundo entero lo ha hecho, y la tecnología ha sido parte culpable. El
comic, el cine, la televisión, pero sobre todo Internet y los equipos
personales de cómputo y telefonía, han modificado drásticamente las
reglas del juego. En 2009, un bloguero de nombre Richard Akerman asistió
a una plática que daría Ursula K. LeGuin en el Festival de Escritores de Otawa. Su objetivo era preguntar a la escritora si creía que en estos tiempos de Harry Potter los americanos seguían teniendo miedo de los dragones. La respuesta, escribe Akerman en su blog ( http://tiny.cc/7qqtxw
), fue un “sí”, aunque matizado. Es decir que sí, que cierto tipo de
fantasía pareciera haber ganado aceptación popular y conquistado el
mercado, que los géneros narrativos se han diluido y que algunos autores
dedicados a la ciencia ficción o a la fantasía consiguen de cuando en
cuando el favor de la crítica “culta”, pero que este reconocimiento está
dirigido al autor (su ingenio, su manejo del lenguaje, etc…) y no a la
literatura fantástica, a la que se sigue considerando un producto para
niños y adolescentes. Así, el ensayo de Ursula sigue más vigente que
nunca. Basta cambiar la palabra “americanos” por la palabra “gente” para
darnos cuenta de ello. De poco sirve que ahora fabriquemos dragones de
juguete y de todos los colores posibles. Les seguimos teniendo miedo.
Se dice que la literatura fantástica es una invención de la literatura
culta del siglo XIX. Con igual justicia podríamos decir que la
literatura moderna es invención de esa misma alta cultura dominante del
siglo XIX, la misma que impuso su visión progresista del mundo a todas
las demás cosmogonías. No es gratuito que desde entonces, cuando aparece
una obra de la imaginación que escapa a las convenciones al uso, se le
catalogue como “literatura fantástica”, es decir: lo que está fuera del
continente de la “literatura general”, y resulta una lástima que ese
continente sea tan pequeño e inestable en comparación con el amplio
mundo que le rodea, desconocido, inexplorado, habitado por dragones.


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