Hace algunos meses me invitaron a participar en una plática que tuvo por nombre: "La extraordinaria cópula entre porno y letras" en el Centro Cultural Xavier Villaurrutia. Los otros ponentes eran Myriam Ruiz, editora de la revista "H Extremo" y Eduardo Huchin Sosa (a quien hay que reclamar por mi presencia en dicha plática).Esto es parte del texto que leí. Actualización: Esto que publico es sólo un fragmento del texto original. Decidí acortarlo no sólo por su extensión, sino porque el resto eran comentarios relacionados con algunos cuentos que leí y que, por el momento, no me es posible repoducir en este medio.
Mi primer acercamiento a la
pornografía tuvo lugar a mediados de los años 80’s. Sé con precisión que fue
durante 1985 porque yo estaba en quinto de primaria y porque en las estaciones
de radio que programaban música en inglés se escuchaba sin descanso We are the
world, uno de los temas principales de Live Aid, un concierto que duraría más
de dieciseis horas y en el que participarían las luminarias vivas del rock de
aquellos años. El concierto, cuya recaudación se supone sería para apoyar la
lucha contra el hambre en algunos de los países más pobres de África,
demostraría lo buenos que somos en el fondo los seres humanos cuando nos lo
proponemos.
A propósito, justo por esos días fueron a mi escuela primaria a regalar “credenciales” de Radio Éxitos, una
de esas pocas estaciones de radio en AM que transmitían música en inglés. La
mía tenía una foto de Twisted sister y un número que serviría para recoger los
premios que llegase a ganar. Eso dijo el tipo que nos entregó las credenciales:
que ganaríamos muchas cosas escuchando su estación. Y yo, crédulo, comencé a escuchar Radio Éxitos como obseso,
atraído por la idea de ganarme cualquier cosa, así fuera un disco de Lionel
Ritchie. Daba igual. Yo tenía nueve años y lo ignoraba todo sobre música, pero
recuerdo bien el soundtrack de aquellos días, así es como recuerdo (Quiet riot como fondo) cuando un compañero del salón, a quien le decíamos el
Pájaro, aprovechó la ausencia de la maestra para reunir a los niños que nos
sentabamos cerca de él y mostrarnos la revista que llevaba escondida en su
mochila. De inmediato supimos que se trataba de algo “prohibido”. Una revista
sin nombre ni créditos de ningún tipo. El papel en el que estaba impresa era el
más corriente que se podía encontrar en una publicación. Las fotografías, todas
ellas en blanco y negro, carecían de la iluminación y los ángulos que
permitieran apreciarlas correctamente. Fue un descubrimiento importante. Había visto las revistas, casi todas ejemplares de "Caballero" que el peluquero del barrio tenía hasta abajo del montón de revistas que había en la sala de espera. Había visto cuerpos femeninos desnudos. Pero no había visti antes nada como lo que mostraba esa revista que nos mostró el Pájaro.
Tras la revista vino otro
descubrimiento, también gracias al Pájaro: una pluma. Bastaba mirar por un
extremo y hacer girar el centro de la pluma para que en su interior las
fotografías se sucedieran una tras otra como en un cinematógrafo miniatura.
Nuevamente el concilio de niños malos del quinto be nos reunimos para observar
aquel prodigio mientras la maestra estaba fuera del salón. El Pájaro nos dio
una demostración de su uso, que era muy simple, y después, uno tras otro, cada
uno de los niños tuvimos la pluma en nuestras manos. Quiso la suerte que la maestra
regresara al salón de clases justo cuando era mi turno de observar a una rubia
de enormes senos practicarle una felación a un negro. Me arrebató la pluma y se
asomó al visor. Fue un escándalo. Horrorizada, la maestra confiscó la pluma y
pegó algunos gritos, hasta escribió un citatorio y mandó llamar a mi pobre
madre. Como era de esperarse, la noticia mutó al máximo en cuanto salió del
salón de clases. Al día siguiente llegaron decenas de respetables madres de
familia a quejarse a la Dirección, preocupadas porque había un niño que llevaba
"películas pornográficas" a la escuela.
Ignoro cuál fue la explicación
que les dieron a las señoras, pero sé que a mí, durante el resto del año, en el
salón me verían como a algo sucio, pegajoso y con dientes. No importaba que
todos los niños supieran que la pluma no era mía y que se me acusaba
injustamente. No importaba que yo no hubiera denunciado al verdadero dueño y
con ello demostrara que se podía confiar en mí. Fue un incidente pequeño, nunca
comparable a una cosa como Live Aid, pero me enseñó que en el fondo, y sin
proponerselo, los seres humanos siempre necesitan tener alguien a quien
culpar. Nunca supe qué fue lo que sucedió cuando mi madre y la maestra se
encontraron, la maestra me había dicho que se trataba de una plática muy sería
y que debía esperar fuera del salón. Al salir de allí mi madre no me tomó de
los brazos ni me miró a los ojos mientras me decía lo mal que estaba el que yo
viera “esas cosas”. Tampoco recuerdo una plática sobre “todo lo que yo debería
saber sobre sexo”. Ignoro si mi madre lo habló con mi padre y si juntos tomaron
la decisión de no decirme nada. Ignoro si debo extraer alguna enseñanza de ese
silencio.
Mi acceso real a la
pornografía fue gracias a la video casetera, una Sony VHS de última generación
que llegó a la casa junto con una televisión WEGA de 34 pulgadas. En su momento
era lo mejor en tecnología de entretenimiento para familias como la mía. Joven
cinéfilo, no tardé en hacerme de una membresía en todos los videoclubes del
rumbo, y mientras rentaba oscuras películas de terror, inevitablemente di con
la sección de pornografía. En algunos video clubes esta sección se encontraba
en un cuarto separado, al que para entrar se le tenía que informar al encargado
del local. Es importante mencionar que esto que narro sucede en 1990, es decir
que la tecnología llegaba tarde a mi vida. Las video caseteras no eran algo
nuevo en 1990, de hecho, en la escuela secundaria fui testigo muchas veces del
intercambio y préstamo de películas tres equis, y hasta cinco equis –las
conocidas películas "de animalitos".
Para mi generación, ver El
imperio de los sentidos; Calígula; pero en especial Taboo y Garganta profunda,
fue parte de un rito de iniciación; yo mismo asistí a una de las muchas
proyecciones clandestinas que organizaba en su casa alguien que tuviera una
super betamax o un proyector de 8 mm. Sesiones acompañadas de cerveza o un
toque, llenas de risas nerviosas y silencios involuntarios.
Más tarde, con la llegada del
Internet, comprobé lo que la video casetera me había enseñado: Que la
tecnología es democracia. Que la información es conocimiento y qué el
conocimiento es poder. Durante muchos años la pornografía fue algo propio de
hombres siniestros vestidos con gabardina y sombrero. La palabra estaba
asociada con una serie de referentes poco aceptados en la mayoría de hogares
del mundo. Con la llegada del internet, y sobretodo con la aparición de la
computadora casera de bajo costo, muchas cosas cambiaron. Algunas de las más
significativas son las que se desprenden de las estadisticas sobre el uso del
propio internet. Por ejemplo que al menos el 80% de la actividad registrada en
los buscadores más populares está relacionada con la pornografía. El hombre
siniestro de la gabardina y el sombrero desapareció del panorama. Cualquiera
que tenga una computadora con conexión a internet puede tener acceso a un mundo
de información e intercambio sexual tan vasto como sorprendente. La pornografía
comenzó a ocupar un lugar en la vida diaria, y no siempre uno pequeño. Con
internet la cultura pop se vio obligada a aceptar a la pornografía como su hija
ilegítima.
Por mi parte yo sabía quién
era Ron Jeremy, Traci Lords, John Holmes, Linda Lovelace, y Marilyn Chambers,
antes de tener acceso a una conexión de internet. Y no es que hubiese visto
tantas películas. Qué va; es que entre otras cosas leía yo Sábado, el
suplemento cultural del periódico Uno más uno. Sábado era un suplemento
dirigido por Huberto Bátiz donde se podía leer lo mismo a Fernando Nachón, o
Guillermo Fadanelli, que a Rocío Barrionuevo y Naief Yeyha. De este último leía
también su columna Garganta profunda que publicaba el periódico El Nacional, y
estaba atento a todas sus recomendaciones, así fueran libros, cine o música.
Otra lectura fundamental fue La mujer de tu prójimo, de Guy Talese, en el que a
través de diferentes retratos el periodista cuenta la historia del sexo en la
cultura popular norteamericana desde los años cuarenta hasta los primeros
ochentas.
Si algo me dejaron esas
lecturas fue sobretodo la prueba de la existencia de un mundo en el que la gente
se ganaba la vida teniendo sexo mientras otros los filmaban en video, y pocas
cosas me intrigaban más que el universo de esa gente. Lucían como nosotros, me
decía, pero ¿pensaban como nosotros? ¿sentían como nosotros? Más que el porno
mismo, lo que me comenzó a interesar fue las vidas de sus protagonistas, su
ecosistema. En internet me encontré con un tesoro, y no me refiero a los foros
gratuitos de videos y fotografías, sino a las obras reunidas de Luke Ford. Luke
es un periodista norteamericano especalizado en el mundo del cine porno y buena
parte de sus textos sobre pornografía se encuentran en su sitio de internet.
Pronto se convirtieron en mi lectura favorita. Dediqué meses a su lectura y,
todavía hoy, de cuando en cuando, recurro a ellos para reconstruir una
historia. Sin embargo, más que una fuente de información diría que se trata de
una fuente de historias...




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