Thursday, May 02, 2013

Porno y literatura

Hace algunos meses me invitaron a participar en una plática que tuvo por nombre: "La extraordinaria cópula entre porno y letras" en el Centro Cultural Xavier Villaurrutia. Los otros ponentes eran Myriam Ruiz, editora de la revista "H Extremo" y Eduardo Huchin Sosa (a quien hay que reclamar por mi presencia en dicha plática). Esto es parte del texto que leí. Actualización: Esto que publico es sólo un fragmento del texto original. Decidí acortarlo no sólo por su extensión, sino porque el resto eran comentarios relacionados con algunos cuentos que leí y que, por el momento, no me es posible repoducir en este medio.


Mi primer acercamiento a la pornografía tuvo lugar a mediados de los años 80’s. Sé con precisión que fue durante 1985 porque yo estaba en quinto de primaria y porque en las estaciones de radio que programaban música en inglés se escuchaba sin descanso We are the world, uno de los temas principales de Live Aid, un concierto que duraría más de dieciseis horas y en el que participarían las luminarias vivas del rock de aquellos años. El concierto, cuya recaudación se supone sería para apoyar la lucha contra el hambre en algunos de los países más pobres de África, demostraría lo buenos que somos en el fondo los seres humanos cuando nos lo proponemos.

         A propósito, justo por esos días fueron a mi escuela primaria a regalar “credenciales” de Radio Éxitos, una de esas pocas estaciones de radio en AM que transmitían música en inglés. La mía tenía una foto de Twisted sister y un número que serviría para recoger los premios que llegase a ganar. Eso dijo el tipo que nos entregó las credenciales: que ganaríamos muchas cosas escuchando su estación. Y yo, crédulo,  comencé a escuchar Radio Éxitos como obseso, atraído por la idea de ganarme cualquier cosa, así fuera  un disco de Lionel Ritchie. Daba igual. Yo tenía nueve años y lo ignoraba todo sobre música, pero recuerdo bien el soundtrack de aquellos días, así es como recuerdo (Quiet riot como fondo) cuando un compañero del salón, a quien le decíamos el Pájaro, aprovechó la ausencia de la maestra para reunir a los niños que nos sentabamos cerca de él y mostrarnos la revista que llevaba escondida en su mochila. De inmediato supimos que se trataba de algo “prohibido”. Una revista sin nombre ni créditos de ningún tipo. El papel en el que estaba impresa era el más corriente que se podía encontrar en una publicación. Las fotografías, todas ellas en blanco y negro, carecían de la iluminación y los ángulos que permitieran apreciarlas correctamente. Fue un descubrimiento importante. Había visto las revistas, casi todas ejemplares de "Caballero" que el peluquero del barrio tenía hasta abajo del montón de revistas que había en la sala de espera. Había visto cuerpos femeninos desnudos. Pero no había visti antes nada como lo que mostraba esa revista que nos mostró el Pájaro.





Tras la revista vino otro descubrimiento, también gracias al Pájaro: una pluma. Bastaba mirar por un extremo y hacer girar el centro de la pluma para que en su interior las fotografías se sucedieran una tras otra como en un cinematógrafo miniatura. Nuevamente el concilio de niños malos del quinto be nos reunimos para observar aquel prodigio mientras la maestra estaba fuera del salón. El Pájaro nos dio una demostración de su uso, que era muy simple, y después, uno tras otro, cada uno de los niños tuvimos la pluma en nuestras manos. Quiso la suerte que la maestra regresara al salón de clases justo cuando era mi turno de observar a una rubia de enormes senos practicarle una felación a un negro. Me arrebató la pluma y se asomó al visor. Fue un escándalo. Horrorizada, la maestra confiscó la pluma y pegó algunos gritos, hasta escribió un citatorio y mandó llamar a mi pobre madre. Como era de esperarse, la noticia mutó al máximo en cuanto salió del salón de clases. Al día siguiente llegaron decenas de respetables madres de familia a quejarse a la Dirección, preocupadas porque había un niño que llevaba "películas pornográficas" a la escuela.

Ignoro cuál fue la explicación que les dieron a las señoras, pero sé que a mí, durante el resto del año, en el salón me verían como a algo sucio, pegajoso y con dientes. No importaba que todos los niños supieran que la pluma no era mía y que se me acusaba injustamente. No importaba que yo no hubiera denunciado al verdadero dueño y con ello demostrara que se podía confiar en mí. Fue un incidente pequeño, nunca comparable a una cosa como Live Aid, pero me enseñó que en el fondo, y sin proponerselo, los seres humanos siempre necesitan tener alguien a quien culpar. Nunca supe qué fue lo que sucedió cuando mi madre y la maestra se encontraron, la maestra me había dicho que se trataba de una plática muy sería y que debía esperar fuera del salón. Al salir de allí mi madre no me tomó de los brazos ni me miró a los ojos mientras me decía lo mal que estaba el que yo viera “esas cosas”. Tampoco recuerdo una plática sobre “todo lo que yo debería saber sobre sexo”. Ignoro si mi madre lo habló con mi padre y si juntos tomaron la decisión de no decirme nada. Ignoro si debo extraer alguna enseñanza de ese silencio.  
  



Mi acceso real a la pornografía fue gracias a la video casetera, una Sony VHS de última generación que llegó a la casa junto con una televisión WEGA de 34 pulgadas. En su momento era lo mejor en tecnología de entretenimiento para familias como la mía. Joven cinéfilo, no tardé en hacerme de una membresía en todos los videoclubes del rumbo, y mientras rentaba oscuras películas de terror, inevitablemente di con la sección de pornografía. En algunos video clubes esta sección se encontraba en un cuarto separado, al que para entrar se le tenía que informar al encargado del local. Es importante mencionar que esto que narro sucede en 1990, es decir que la tecnología llegaba tarde a mi vida. Las video caseteras no eran algo nuevo en 1990, de hecho, en la escuela secundaria fui testigo muchas veces del intercambio y préstamo de películas tres equis, y hasta cinco equis –las conocidas películas "de animalitos".

Para mi generación, ver El imperio de los sentidos; Calígula; pero en especial Taboo y Garganta profunda, fue parte de un rito de iniciación; yo mismo asistí a una de las muchas proyecciones clandestinas que organizaba en su casa alguien que tuviera una super betamax o un proyector de 8 mm. Sesiones acompañadas de cerveza o un toque, llenas de risas nerviosas y silencios involuntarios.

Más tarde, con la llegada del Internet, comprobé lo que la video casetera me había enseñado: Que la tecnología es democracia. Que la información es conocimiento y qué el conocimiento es poder. Durante muchos años la pornografía fue algo propio de hombres siniestros vestidos con gabardina y sombrero. La palabra estaba asociada con una serie de referentes poco aceptados en la mayoría de hogares del mundo. Con la llegada del internet, y sobretodo con la aparición de la computadora casera de bajo costo, muchas cosas cambiaron. Algunas de las más significativas son las que se desprenden de las estadisticas sobre el uso del propio internet. Por ejemplo que al menos el 80% de la actividad registrada en los buscadores más populares está relacionada con la pornografía. El hombre siniestro de la gabardina y el sombrero desapareció del panorama. Cualquiera que tenga una computadora con conexión a internet puede tener acceso a un mundo de información e intercambio sexual tan vasto como sorprendente. La pornografía comenzó a ocupar un lugar en la vida diaria, y no siempre uno pequeño. Con internet la cultura pop se vio obligada a aceptar a la pornografía como su hija ilegítima.




Por mi parte yo sabía quién era Ron Jeremy, Traci Lords, John Holmes, Linda Lovelace, y Marilyn Chambers, antes de tener acceso a una conexión de internet. Y no es que hubiese visto tantas películas. Qué va; es que entre otras cosas leía yo Sábado, el suplemento cultural del periódico Uno más uno. Sábado era un suplemento dirigido por Huberto Bátiz donde se podía leer lo mismo a Fernando Nachón, o Guillermo Fadanelli, que a Rocío Barrionuevo y Naief Yeyha. De este último leía también su columna Garganta profunda que publicaba el periódico El Nacional, y estaba atento a todas sus recomendaciones, así fueran libros, cine o música. Otra lectura fundamental fue La mujer de tu prójimo, de Guy Talese, en el que a través de diferentes retratos el periodista cuenta la historia del sexo en la cultura popular norteamericana desde los años cuarenta hasta los primeros ochentas.

Si algo me dejaron esas lecturas fue sobretodo la prueba de la existencia de un mundo en el que la gente se ganaba la vida teniendo sexo mientras otros los filmaban en video, y pocas cosas me intrigaban más que el universo de esa gente. Lucían como nosotros, me decía, pero ¿pensaban como nosotros? ¿sentían como nosotros? Más que el porno mismo, lo que me comenzó a interesar fue las vidas de sus protagonistas, su ecosistema. En internet me encontré con un tesoro, y no me refiero a los foros gratuitos de videos y fotografías, sino a las obras reunidas de Luke Ford. Luke es un periodista norteamericano especalizado en el mundo del cine porno y buena parte de sus textos sobre pornografía se encuentran en su sitio de internet. Pronto se convirtieron en mi lectura favorita. Dediqué meses a su lectura y, todavía hoy, de cuando en cuando, recurro a ellos para reconstruir una historia. Sin embargo, más que una fuente de información diría que se trata de una fuente de historias...

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