Lo admito, durante muchos años el nombre de
Stephen King significó para mí unas cuantas buenas películas y decenas de
tabiques intragables. Aún más, como buen adolescente pretencioso que fui,
llegué a decir que estaba seguro de que había un equipo de “negros” que
trabajaban para el llamado rey del terror, y que eran quienes verdaderamente
escribían.
Por cierto, hasta ese momento no había
leído nada de Stephen King, y en casa no había un solo libro que me diera la oportunidad de redimirme. Pasarían agunos años hasta que leyera La expedición, una colección de
cuentos que incluía entre otros La balada
del proyectil flexible, uno de mis cuentos favoritos de King. Después vino La mitad siniestra, que me leí de un
tirón una noche de desvelo; y después Pesadillas
y alucinaciones, una colección de dos volúmenes que reunían la mayoría de los
cuentos de King publicados en solitario. Donde
antes veía un mercenario de imaginación siniestra, comencé a ver a un escritor
talentoso, pero descuidado. Qué pena que el tipo estuviese obligado
a cubrir una cuota de palabras escritas, me decía, porque si
se dejara de maquinazos y se tomara el tiempo de escribir algo en serio…
Esa era mi idea, que se pusiera a
escribir en serio.
Quiso la casualidad que el siguiente
libro de Stephen King que llegó a mis manos fuera Mientras escribo. Esta vez no se trataba de una novela sino de un
libro parte biografía parte manual de escritura. Lo leí, y entonces, de nuevo,
mi percepción sobre “el rey” cambió. No es que Mientras escribo me pareciera una obra maestra, pero me permitió
ver a su autor de una manera más cercana. Dejé de ser sólo su lector y me volví
su cómplice.
Durante la primera parte del libro King nos cuenta sobre su vida
como escritor exitoso, sus problemas con el alcohol y la cocaína, su gusto por
el heavy metal, y sobre los libros
que se escribieron solos (o mejor dicho, que King los escribió demasiado drogado y borracho como para recordar algo); pero también nos cuenta sobre su época
como profesor de escritura creativa, cuando se encerraba a escribir en el baño del
remolque en el que vivía, con la máquina de escribir portatil sobre las piernas,
mientras su esposa batallaba con sus dos hijos pequeños, Naomi y Joseph*. Se trata sin duda de
algunas de las mejores páginas escritas por "el rey".
Cuando alguien ha escrito más de cinco libros que se han colado a la lista de los más vendidos en un país cuya industria editorial genera billones de dólares al año, lo menos que se puede inferir es que ese alguien tiene “oficio”, lo cual implica un método que funciona. Lo tuvieron Faulkner y Hemingway, Fuentes y Cortázar. Lo tienen Grisham y Murakami. Coelho y Pérez-Reverte. Stephen King por supuesto que lo tiene, y de los más probados, así que no le cuesta nada lanzar algunos garbanzos de a libra, consejos básicos y recomendaciones para el escritor en ciernes. No se trata de descubrimientos inéditos, hay que admitirlo, pero tampoco de un recetario superfluo. (Nunca será superfluo elogiar la brevedad, o recomendar alejarse de la adjetivación, por ejemplo).
Así, King nos cuenta una anécdota sobre
su tío Oren, un hombre que cuando tenía que hacer una reparación cargaba con su
pesada caja de herramientas, así sólo fuera a utilizar un destornillador. El
tío Oren se justificaba diciendo que cargaba con toda la caja pues nunca se
sabía qué problema inesperado se podría presentar, ni que herramienta
necesitaría para resolverlo. Tras la anécdota, King comienza a dar
instrucciones al lector sobre cómo construir su propia caja. Ofrece ejemplos
sobre qué se debe incluir, y por qué, además de incluir varias anécdotas personales para evitar la pesadez de manual. Como lector honesto debo
confesar que no es esta la mejor parte del libro, sin embargo es la que mejor
recuerdo y también la que me dejó una huella más profunda. Una idea en especial
se convertiría en pieza importante de mi propio proceso creativo: la caja de
herramientas.
King dice que debemos colocar la
gramática y el vocabulario en la bandeja superior de la caja, los elementos
estilísticos en la segunda, y así, de manera que la caja sea, además de un
contenedor de herramientas, un sistema que permita ordenar y clasificar. La
caja del tío Oren, según la anécdota, tenía tres niveles, pero nosotros,
lectores, si queremos escribir y contar historias, nos dice Stephen, y tener
nuestra propia caja de herramientas, debemos considerar al menos cinco o seis
bandejas en las que vayamos guardando nuestros recursos narrativos personales.
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Puede que haya sido mi formación
como ingeniero industrial y técnico en máquinas y herramientas, pero la idea me
pareció tan atractiva que me la apropié de inmediato y la tuneé. De ser un tipo
que escribía historias de terror y de ciencia ficción, me convertí
en un tipo que escribe historias, y que para ello cuenta con una caja
de herramientas que incluye bandejas con los recursos que ha podido robarle a
la literatura de ciencia ficción y a la de terror. Ahora soy como el tío Oren,
cuando escribo tengo siempre a mano mi caja de herramientas. Es posible que
sólo necesite las dos primeras bandejas (las de la gramática, el vocabulario, y
los elementos estilísticos), pero quién sabe. Uno nunca sabe qué problemas
habrá en el camino, y mucho menos cuándo será necesaria la presencia de un
zombie o un robot que lo solucionen todo.
Publicado originalmente en http://www.penumbria.net/


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