Hace unos pocos días, tras regresar del 1 Encuentro de escritores jóvenes en Monterrey, cierto amigo que coordina un suplemento cultural, me dijo que le gustaría incluir en algún número del suplemento un ensayo sobre los jóvenes escritores y los encuentros “literarios”. Yo, aunque a veces puedo ser más ingenuo de lo conveniente, pude notar que el comentario incluía su dosis de malicia. Es lógico, cada que alguien menciona la frase “jóvenes escritores” se despiertan suspicacias.
Algo similar sucede con los encuentros de escritores.
No contesté al comentario de mi amigo, pero me quedé pensando. En primera está el detalle de que solo he asistido a 2 encuentros de ese tipo, y me queda bien claro que la invitación se debió al Julio Torri más que a cualquier otra cosa. Uno de esos encuentros fue en Chiapas, organizado por Tierra Adentro y Coneculta; el otro fue precisamente el de Monterrey, organizado por un grupo de escritores y entusiastas, a su vez apoyados por Conarte. Y aún considerando las diferencias en cuanto a apoyos económicos y patrocinadores (ya lo dijo el gran filósofo Ricardo Arjona: el norte no es el sur... o algo así); de ambos conservo un buen sabor de boca. Carezco de la experiencia necesaria para disertar sobre el cómo deberían o no ser los encuentros. Si acaso puedo decir que en ambos casos me trataron muy bien, que conocí mucha gente, que hice alianzas y amistades; que en Monterrey hace un calor de los mil diablos, que tengo que regresar a conocer bien la Zona galáctica de Chiapas; y, esto es importante, que los escritores en grupo son de cuidado. En particular cuando dedican su atención a otros escritores. Pero esto último aplica no sólo para los encuentros institucionales, sino para cualquier encuentro así sean sólo 2 los plumíferos y se encuentren en una cantina.
Para hablar sobre el otro punto: los jóvenes escritores, tampoco soy buen candidato. Me explico: como alguien que estudió ingeniería industrial en el politécnico, alguien que entiende la literatura como forma de vida y no como una forma de ganarse la vida y pagar las cuentas; las becas y ese tipo de cosas me parecían innecesarias. Pensaba que tanto premios como becas te las ganabas por escribir, es decir por tu obra, y que eso venía con el paso de los años. Ignoraba las pasiones desatadas en cada proceso de selección del FONCA o la FLM; ignoraba que hay gente escribiendo por una beca (Oops, eso último sonó a bailando por un sueño); ignoraba que puedes ganar un premio pero al mismo tiempo 100 enemigos, y, sobre todo, ignoraba que sin becas, premios, o mínimo recomendaciones, ninguna editorial, suplemento, o revista, te toma en serio. Con el premio la cosa cambia de manera simétrica, es decir: directamente proporcional, y resulta igual de gracioso e inexplicable, pero mucho más divertido. De pronto eres invitado a talleres, encuentros, lecturas, revistas y suplementos. Los cuentos que tantas veces fueron rechazados ahora muestran méritos ocultos...
En fin, que me desvío. Decía que no soy buen candidato para hablar sobre los jóvenes escritores, por las razones que ya dije, pero además por el dichoso premio este que gané -un premio para jóvenes-, a los 34 años. Siendo preciso: Me faltaban 6 meses para cumplir 35, mi actual edad.
Como bien se puede ver, no soy un vocero objetivo en ningún sentido. Creo que los premios, en el mejor de los casos, sirven para publicar, para que tu obra obtenga la atención y difusión que de otra manera... nanay. Y, esto hay que tenerlo muy presente, no te hacen mejor escritor. Creo también que la etiqueta esa de "jóvenes escritores" es una estrategia de dudosa eficacia y que uno de sus rostros negativos es que genera parásitos. Pero también hay que decir que da buenos resultados, en ocasiones. La edad, el premio, y las arañas... son circunstanciales.
Qué si el premio es inmerecido, que si es injusto... No me toca hablar de ello.
Y si bien yo no podría escribir la crónica que mi amigo espera. Lo que sí puedo decir es que el medio como tal me parece más aspero y mezquino (y también más glamouroso, admitámoslo) que el que vivo a diario en la oficina -rodeado de vendedores, contables e ingenieros en sistemas. Y eso es ya decir mucho.